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‘El grito’ de Munch

Markus Steen • 25/05/2008 • Área: Pop

Ya sea en la sala de un museo, o en clase de Historia del Arte, probablemente alguna vez te hayas preguntado por el significado de un cuadro. Es posible que, conducido por la imaginación, te hayas aventurado a dotar de lógica y sentido a la empanada mental plasmada en un lienzo de un artista. En más de una ocasión, te has podido sentir confundido con tan sólo observar una combinación de formas y colores. Como nadie ha nacido con un audioguía colgada de la oreja, a veces no conocemos el auténtico significado de una obra de arte.

Es el caso de ‘El grito’ -Skrik-, uno de los rostros más populares y reproducidos de la historia del arte. Su propagación en serie pone de manifiesto su arraigo en la cultura popular: versiones de otros artistas como Andy Warhol, apariciones en series como Los Simpsons, inspirador de asesinos como el de Scream. El jeto de Munch se multiplica en tazas y termos de café, camisetas y llaveros, despertadores y paraguas en las tiendas de museos de medio mundo. El último ‘grito’, un peluche del protagonista del lienzo que emite finos alaridos llenos de angustia trascendental al pulsar sobre su cinturón.

Sin embargo, pocos saben algo sobre su creador, el pintor Edvard Munch, y la verdadera historia que hay detrás del grito más desconsolado de la pintura.

Para entenderlo hay que volver la mirada más de cien años atrás. La vida del pintor noruego estuvo siempre marcada por la muerte, la angustia y la enfermedad. Con tan sólo cinco años murió su madre, hecho que afectó a su padre para siempre. Más tarde, su hermana Sophie, con la que compartió su afición por el arte y la música, murió de tuberculosis; suceso que marcó el final de su infancia. A los diecisiete años, tuvo que abandonar sus estudios universitarios debido a sus continuas ausencias por enfermedad. Munch decidió entonces dedicarse a la pintura, y en 1890, a raíz de la muerte de su padre, inicia ‘El friso de la vida’: una serie de lienzos en el que se incluye ‘El grito’, que el propio autor calificó como “un poema sobre la vida, el amor y la muerte”.

Munch escribió en su diario:

“Paseaba por un sendero con dos amigos -el sol se puso- y, de repente, el cielo se tiñó de rojo sangre, me detuve y me apoyé en una baranda muerto de cansancio -sangre y lenguas de fuego caían sobre el azul oscuro del fiordo y de la ciudad-. Mis amigos continuaron su marcha y yo me quedé quieto, temblando de miedo, y sentí un grito infinito que atravesaba toda la naturaleza”.

El pintor noruego se encontraría caminando en una colina desde la que se contemplaba la ciudad de Oslo, cuya silueta borrosa se adivina en el fondo. La figura del primer plano mira hacia el espectador con las manos sobre los oídos, y la boca abierta en un gesto de angustia existencial que resalta su soledad. La fuente de inspiración de este personaje pudo ser una momia peruana que el pintor habría visto en París. En cuanto al color rojo del cielo, podría deberse a la erupción de un volcán situado en Indonesia, cuyos efectos se pudieron contemplar durante meses a lo largo y ancho del mundo.

El pintor realizó varias copias del cuadro. Una de ellas fue robada del Museo Munch en 2004 y recuperada dos años después. Tras un proceso de restauración y mejora, la pintura más conocida del artista vuelve a colgar de las paredes del museo noruego desde el 23 de mayo. Una estupenda excusa para acercarse a la capital vikinga.

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